Elementor #3523

El cerebro social

El cerebro es el órgano donde existen las estructuras necesarias para entablar y mantener las relaciones, es la base de la supervivencia del individuo y de la especie en su conjunto (Valdizán, 2008). 
Uno de los medios a los que recurre el cerebro para la configuración social, según Reig Viader (2019) en su libro: El cerebro infantil, es a la observación del comportamiento de los demás. Observar la conducta de otros resulta de gran importancia para el niño, permite desarrollar las habilidades sociales a partir de distintos elementos característicos del comportamiento humano, como lo son la sonrisa, el contacto visual, la imitación, la atención conjunta, el lenguaje y el sistema motor, entre muchos otros.
Ahora bien, asaltan muchas dudas sobre la cognición social como, por ejemplo, el origen de esta, si es algo que debe aprenderse desde que nacemos o si existe algún tipo de base genética que la sustenta, entre otras cuestiones que se pueden hacer. Pese a que la genética tiene un papel muy importante en la construcción de nuestra personalidad y de nuestras capacidades cognitivas y sociales, no supera el 50% de su
influencia sobre estas capacidades, especialmente las de tipo social (Reig, 2019).

Según Reig Viader (2019), las aptitudes sociales de un cerebro maduro derivan de las facultades desarrolladas durante el período infantil, a partir de la genética del individuo, estas van evolucionando de habilidades sencillas, llamadas precursores del comportamiento social, hasta dar lugar a las funciones superiores del cerebro social. Los precursores del comportamiento social van ligados de forma significativa al sistema
visual, estos son imprescindibles para la adquisición de las habilidades sociales más complejas, y en particular, tienen la capacidad de reconocer características específicas en las personas, como la cara y los ojos, entre otras. También se encarga de la maduración de los sistemas neuronales implicados en la orientación y la atención visual.
Así, gracias a la capacidad primaria de seguimiento de la mirada, el niño desarrolla la habilidad de identificar que la mirada de su acompañante se focaliza en un punto alejado de ambos y, de este modo, aprende a dirigir su propia atención hacia el punto de atención de la otra persona. Esto termina con el desarrollo de una facultad más compleja, la atención conjunta, esta es una forma de atención que se define por la capacidad de compartir la percepción de un objeto con otra persona. Lo que caracteriza a la atención conjunta es que la persona alterna y divide su atención entre el objeto y el interlocutor.

La forma en cómo se desarrollan las aptitudes sociales pone de manifiesto la importancia que tiene el entorno del niño desde su nacimiento, este entorno influirá decisivamente en él. El niño construye el mundo tomando de referencia los modelos que tiene en su entorno, aprendemos imitando, aprendiendo tanto de todas las conductas que observamos. Esto lo podemos ver, por ejemplo, cuando los padres toman una actitud positiva o amistosa hacia otra persona, el niño también adoptará esa misma actitud ya que su modelo de referencia, los padres, lo hacen (Reig, 2019).
Tanto la perspectiva social que desarrollamos imitando como la atención conjunta actuarán como nexo para desarrollar una de las funciones cognitivas más llamativa del cerebro humano: la capacidad para predecir y comprender la conducta, las intenciones, conocimientos y creencias propias y de otras personas; la llamada teoría de la mente que recibirá la ayuda de la atención conjunta para que pueda llevarse a cabo. Ambas serán desarrolladas y comentadas en los siguientes apartados viendo cómo, entre otras cosas, el desarrollo de las funciones cognitivas producidas por el entorno lleva a ellas.

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